viernes, 4 de octubre de 2013

Islas de México

islas

Región Insular

Al conjunto de islas pertenecientes a la nación mexicana se les denomina Región Insular. Esta región tiene una superficie sumada de 5,361 km2 (718 km² corresponden al Golfo de México y el Mar Caribe y 4,643 km² corresponden al océano Pacífico).
Se clasifican, según su origen en tres tipos diferentes: volcánicas, coralígenas y aluviales.
Las tipo volcánicas, como su nombre lo indica, son las islas con origen en la actividad volcánica y la mayoría se encuentra en el océano Pacífico y en el Golfo de California o Mar de Cortés. La islas más importantes son Tiburón, Angel de la Guarda, Marías y el archipiélago Benito Juárez (Revillagigedo).
Las de tipo coralígeno son las islas formadas por acumulación de restos orgánicos marinos. Las se localizan principalmente en el Golfo de México y el mar de las Antillas y las más importantes son Isla Mujeres y Cozumel.
Las de tipo aluviales (también barras aluviales) son aquellas que se forman en las desembocaduras de los ríos por el depósito de los acarreos que los propias corrientes provocan y la más importante es Isla del Carmen en la Laguna de Términos.

Principales Islas según su localización:

Océano Pacífico

  • 
Archipiélago del Norte* (islas San Miguel, Santa Rosa, Santa Cruz, Anacapa, Santa Bárbara, San Nicolás, San Juan y San Clemente).
  • 
Islas Coronados (no confundir con Isla Coronado frente a Loreto, Baja California Sur).
  • Todos Santos.
  • De Guadalupe.
  • 
San Benito.
  • Cedros.
  • Natividad.
  • Magdalena.
  • Margarita.
  • Creciente.
  • 
Marías (María Madre, María Magdalena, María Cleofas, San Juanito).
  • Marietas o Tres Marietas.
*Islas ocupadas por los E.U.pero que realmente pertenecen a México. Se encuentran frente a las costas de la Alta California.

Revillagigedo o Archipiélago Juárez

  • Socorro.
  • San Benedicto.
  • Clarión.
  • Roca Partida.

Mar de Cortés o Golfo de California.

  • Angel de la Guarda
  • San Jorge.
  • Tiburón.
  • San Pedro.
  • Tortuga.
  • San Marcos.
  • Carmen.
  • Monserrat.
  • San José.
  • Partida.
  • Espíritu Santo.

Golfo de México.

  • Lobos.
  • 
Del Ídolo.
  • Verde.
  • Sacrificio.
  • Del Carmen.
  • Holbox.

Mar de las Antillas.

  • Mujeres.
  • Cozumel.
  • Cancún.

Manifiesto expedido por Benito Juárez

manifiesto

Manifiesto expedido por Benito Juárez García al entrar triunfante a la capital de la República.

Poco tiempo después de que el Presidente Benito Juárez García recuperara su calidad de Presidente Constitucional de la República Mexicana, al haber derrotado a las fuerzas conservadoras y a los remanentes de la fuerza expedicionaria de Napoleón III, decidió expedir un Manifiesto a la nación en el que explica, entre otras cosas, el triunfo de la república ante imposiciones extranjeras.

También, recalca la necesidad de instaurar la paz y el legítimo gobierno (anunciando elecciones ya que técnicamente él ya no era Presidente) y un llamado a mantener laindependencia de México.
He aquí el texto completo del manifiesto de 1867:
“Benito Juárez, Presidente Constitucional de la República Mexicana Mexicanos:
El gobierno nacional vuelve hoy a establecer su residencia en la ciudad de México, de la que salió hace cuatro años. Llevó entonces la resolución de no abandonar jamás el cumplimiento de sus deberes, tanto más sagrados cuanto mayor era el conflicto de la nación. Fue con la segura confianza de que el pueblo mexicano lucharía sin cesar contra la inicua invasión extranjera, en defensa de sus derechos y de su libertad. Salió el gobierno para seguir sosteniendo la bandera de la patria por todo el tiempo que fuera necesario, hasta obtener el triunfo de la causa santa de la independencia y de las instituciones de la República.
Lo han alcanzado los buenos hijos de México, combatiendo solos, sin el auxilio de nadie, sin recursos, sin los elementos necesarios para la guerra. Han derramado su sangre con sublime patriotismo, arrostrando todos los sacrificios, antes que consentir en la pérdida de la República y de la libertad.
En nombre de la patria agradecida, tributo el más alto reconocimiento a los buenos mexicanos que la han defendido y a sus dignos caudillos. El triunfo de la patria, que ha sido el objeto de sus nobles aspiraciones, será siempre su mayor título de gloria y el mejor premio de sus heroicos esfuerzos.
Lleno de confianza en ellos procuró el gobierno cumplir sus deberes, sin concebir jamás un solo pensamiento de que le fuera lícito menoscabar ninguno de los derechos de la nación. Ha cumplido el gobierno el primero de sus deberes, no contrayendo ningún compromiso en el exterior ni en el interior, que pudiera perjudicar en nada la independencia y soberanía de la República, la integridad de su territorio o el respeto debido a la Constitución y a las leyes. Sus enemigos pretendieron establecer otro gobierno y otras leyes, sin haber podido consumar su intento criminal. Después de cuatro años, vuelve el gobierno a la ciudad de México, con la bandera de la Constitución y con las mismas leyes, sin haber dejado de existir un solo instante dentro del territorio nacional.
No ha querido, ni ha debido antes el gobierno y menos debiera en la hora del triunfo completo de la República, dejarse inspirar por ningún sentimiento de pasión contra los que lo han combatido. Su deber ha sido, y es, pesar las exigencias de la justicia con todas
las consideraciones de la benignidad. La templanza de su conducta en todos los lugares donde ha residido ha demostrado su deseo de moderar, en lo posible, el rigor de la justicia, conciliando la indulgencia con el estrecho deber de que se apliquen las leyes, en lo que sea indispensable, para afianzar la paz y el porvenir de la nación.
Mexicanos: encaminemos ahora todos nuestros esfuerzos a obtener y a consolidar los beneficios de la paz. Bajo sus auspicios será eficaz la protección de las leyes y de las autoridades para los derechos de todos los habitantes de la República.
Que el pueblo y el gobierno respeten los derechos de todos. Entre los individuos, como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz.
Confiemos en que todos los mexicanos, aleccionados por la prolongada y dolorosa experiencia de las calamidades de la guerra, cooperaremos en adelante al bienestar y a la prosperidad de la nación, que sólo pueden conseguirse con un inviolable respeto a las leyes y con la obediencia a las autoridades elegidas por el pueblo.
En nuestras libres instituciones, el pueblo mexicano es el árbitro de su suerte. Con el único fin de sostener la causa del pueblo durante la guerra, mientras no podía elegir sus mandatarios, he debido, conforme al espíritu de la Constitución, conservar el poder que me había conferido. Terminada ya la lucha, mi deber es convocar desde luego al pueblo para que, sin ninguna presión de la fuerza y sin ninguna influencia ilegítima, elija con absoluta libertad a quien quiera confiar sus destinos.
Mexicanos: hemos alcanzado el mayor bien que podíamos desear, viendo consumada por segunda vez la independencia de nuestra patria. Cooperemos todos para poder legarla a nuestros hijos en camino de prosperidad, amando y sosteniendo siempre nuestra independencia y nuestra libertad”.

5 de Mayo, las armas nacionales se cubren de gloria

El 5 de mayo de 1867, al mediodía, las fuerzas expedicionarias francesas y sus aliados conservadores mexicanos, comandadas por el recientemente nombrado General de División, Charles Ferdinand Latrille, Comte de Lorencez, lanzaron el ataque a la ciudad de Puebla.

Nadie, en ese día, hubiera podido imaginar el resultado final. Las fuerzas extranjeras estaban consideradas como parte del “mejor ejército del mundo” * y estaban compuestas por veteranos de la guerra de Crimea y de Italia.
Lorencez, con torpeza, subestimó en gran medida a los defensores**. Aunque reducido en número, el Ejercito Mexicano de Oriente, comandado por el general Ignacio Zaragoza, no abandonaría la plaza con facilidad.
Lorencez había dividido su ejército en tres columnas para concentrar su ataque sobre el Cerro de Guadalupe, en donde se encontraba el fuerte del mismo nombre. Una decisión inexplicable (que históricamente ha sido atribuida a la soberbia), ya que precisamente esta era, junto al fuerte de Loreto, la posición mexicana más fuerte.
Fuerte ZaragozaAl inicio del avance hacia el fuerte, la artillería de Loreto y Guadalupe rompió el fuego, mientras las columnas de zuavos eran atacadas por batallones de defensores nacionales. Los extranjeros intentan, una y otra vez, subir al fuerte pero son continuamente rechazados. Nada pueden hacer ante el arrojo de los defensores.
Horas más tarde la batalla se convierte en un desastre para los invasores. Para colmo una poderosa tormenta de lluvia y granizo se abate sobre el campo de guerra. Se dice que los truenos y rayos se confundían con el fragor de los cañones.
Lorencez, finalmente, se da cuenta que el empuje de las fuerzas mexicanas eran superiores a cualquier pronóstico y decide retirarse deprimido y avergonzado.
Porfirio Díaz, uno de los grandes héroes de la batalla, persigue al enemigo con su cuerpo de caballería pero se le ordena regresar. Ya todo está perdido para los extranjeros y su derrota será ampliamente comentada en todo el mundo. Un duro golpe paraNapoleón III.
Mientras tanto en la capital de la república, en Palacio Nacional, Juárez y sus subalternos seguían el curso de los acontecimientos a través de telegramas. Se dice que fue la primera batalla en el mundo que fue trasmitida en vivo y en directo.
Una frase del último telegrama enviado por el general Zaragoza los llenó de júbilo: “Las armas nacionales se han cubierto de gloria”.
*Años más tarde, este sobrenombre volvió a quedar en entredicho en la guerra Franco – Prusiana.
** Fue tal la soberbia y arrogancia (muy común en el pensamiento galo) de Lorencez, acumulada por los éxitos obtenidos en guerras en Europa, que antes de la batalla se atrevió a mandar un mensaje a Napoleón III en el que se jactaba de su superioridad: “Somos tan superiores a los mexicanos, en organización, en disciplina, raza, moral y refinamiento de sensibilidades, que desde este momento, al mando de nuestros 6000 valientes soldados, ya soy el amo de México”.

Glorias Nacionales

puebla

Rasgos caracteristicos en la jornada del 5 de mayo de 1862

En los alrededores de Puebla

I.
Nada se revela mejor el carácter de un pueblo como en esos rasgos espontáneos, en esos arranques inesperados que tienen lugar en el calor de la acción. Allí está la naturaleza toda entera; allí habla el corazon movido por sus propios impulsos; en esos momentos obra el instinto; no hay lugar á la meditacion, lo que se hace no es hijo de la reflexión sino de la naturaleza.
No hay tiempo de calcular qué será mejor, ni de tomar una actitud heróica: el carácter se revela tal cual es, repetimos.
El carácter mexicano ha brillado en los mil episodios de la gloriosa jornada del 5 de Mayo en los alrededores de Puebla, como es: noble, valiente, generoso, caballeresco, humano.
Los hechos todos ese día son el mejor y mas solemne mentís que puede darse á las calumnias que durante muchos años se han verdito en Europa, contra nuestro pueblo, por personas interesadas en desconceptuarnos ó por viajeros superficiales, que han dado por estudios sociales sobre México, sus sueños y sus desvaríos.
Nuestro ejercito formado de guardias nacionales y ciudadanos que han empuñado las armas movidos por su patriotismo, ha demostrado que cuando llega la hora del peligro, cuando se trata de defender el honor y la independencia del país, sabe cumplir con sus deberes y conquistar con su firmeza, con su valor, con su instrucción un laurel victorioso. Ese ejército, que los invasores creían ver huir, aterrorizado, ante su presencia, aunque menor en número, ha resistido, sin arredrarse ante la justa fama, ante el renombre europeo de sus agresores, y no solamente ha resistido, sino que tres veces los ha rechazado, saltando de sus parapetos para perseguirlos.
Los soldados mexicanos á quienes se pintaba con los mas odiosos colores, cobardes, vengativos, crueles, han demostrado en esa vez todo lo contrario; y despues de portarse como valientes, como dignos de combatir con los vencedores en Sebastopol, en Solferino y en Magenta, han dado brillantes pruebas de generosidad.
No tenemos que registrar ni un solo acto de crueldad. No parece sino que cada soldado comprendia que cada uno de aquellos á quienes acababa de vencer era su hermano, y un hermano que tenia necesidad de protección y de amparo.
Así hemos contemplado muchos de esos rasgos sublimes que guarda la historia en sus páginas, de combatientes que lanzando el arma mortífera han abrazado á su enemigo herido, y con todo el cuidado con que un padre llevaria á su hijo, le han conducido á un lugar seguro, para prodigarle toda clase de auxilios.
Esta conducta de nuestros soldados honra á México; habla muy alto en favor del carácter nacional, y por lo mismo nos proponemos consignar en esta líneas algunos de esos rasgos.
No son ellos hijos de la imaginación, ni tampoco de la simpatía que como mexicanos tenemos por nuestros soldados.
Son hechos que han pasado á la vista de ambos ejércitos; á la luz del mediodia, en esos momentos en que se tiene por teatro á la nación entera.
II.
El Sr. general D. Felipe B. Berriozabal en el parte oficial que dirigió al Cuartel Maestre del ejército de Oriente, sobre la defensa del cerro de Guadalupe, dice lo siguiente:
“A las once de la mañana, por orden del ciudadano general en gefe, me dirigí á paso veloz á la altura del cerro de Guadalupe con el objeto de auxiliar al ciudadano general Miguel Negrete, encargado de la defensa de esa posicion.
“Convine con el general Negrete en que, con sus reservas y mi brigada formáramos una batalla apoyada por una zanja ensolvada, en cuyas estremidades se encuentran los puntos de Loreto y de Guadalupe.
“A las once y tres cuartos dos batallones de Zuavos estendidos en tiradores, se nos presentaron haciendonos un fuego mortífero y preparado la carga de dos fuertes columnas que avanzaban intrépidamente sobre nuestra linea, protegidas por un fuego vivísimo de su artillería rayada. Nuestros tiradores de batalla se replegaron en buen órden, y el enemigo con una bravura propia del soldado frances y digna de mejor causa, se arrojó sobre nosotros.
Nuestros sufridos soldados, no menos valientes que los franceses, recibieron el fuego nutrido de los Zuavos sin disparar sus armas, esperando la voz de mando de sus gefes.
Cuando tuvimos al enemidoo á menos de cincuenta pasos, el ciudadano general Negrete y yo mandamos romper el fuego,  los valientes soldados franceses vinieron á morir á quince pasos de nuestra batalla. Las columnas fueron diezmadas por nuestros fuegos puestas en completo desorden y obligadas á huir al frente de nuestros modestos soldados de México, quienes cargaron inmediatamente sobre aquellos, trabándose entre algunos soldados un reñido combate á la bayoneta que nos hizo al fin dueños del campo.
“El enemigo, entendido y tenaz, tenia preparadas nuevas y fuertes columnas de tiradores con las que volvió inmediatamente á la carga; pero habiendo nosotros restablecido la batalla, esperamos el otro empuje que hacia el enemigo. Sus esfuerzos fueron inutiles, y por segunda vez lo obligamos á huir dejando multitud de muertos; por segunda vez tambien cargaron con un arrojo estraordinario nuestros cuerpos, y el ejército francés habria quedado enteramente destruido en estos momentos si hubieramos tenido desde el principio alguna caballería de qué disponer.
“El enemigo no repitió su ataque de frente; pero si volvió a llamarnos la atención con algunos tiradores, mientras por el flanco derecho de la fortificación de Guadalupe cargaba una fuerte columna de Cazadores de Vicennes, que con un arrojo estraordinario llego hasta el foso, y algunos de sus soldados asaltaron el parapeto; más los defensores del punto, con una serenidad tambien admirable, lograron arrojarlos quedando en dicho foso mas de treinta cadáveres del enemigo.”
El Sr. general D. Miguel Negrete, en su parte oficial se espresa así:
“Por último, como á las cuatro de la tarde fueron completamente rechazados de la linea de batalla. Entonces dirigieron los invasores otra columna formada del acreditado regimiento de Cazadores de Vicennes, cubiertos por una ala de tiradores del regimiento de Zuavos, que atacó con intrepidez la fortificacion de Guadalupe llegando hasta el foso, logrando algunos cazadores apoderarse de la trinchera en la que quedaron muertos. Su columna fué al fin rechazada, saltando nuestros soldados fuera del parapeto para batirla.”
III
Aquel fué un momento solemne enq ue por una y otra parte hubo heróicos rasgos de valor. El lápiz del dibujante ha señalado el instante en que un pelotón de franceses se lanzó como un rayo, rápido, irresistible, contra uno de nuestros parapetos con el objeto de apoderarse de una pieza que hacia estragos en las filas enemigas y abrirse paso á nuestra posición.
Los mexicanos que defendian el punto, aguardaron el choque. Fué terrible! Cuando los enemigos estaban ya casi encima, nuestros soldados tendieron sus armas y no se vió mas que un relámpago entre nubes de humo, no se oyó más que una detonacion y muchos de los agresores rodaron sin vida hasta el foso. Un momento de dilacion y todo habria sido perdido!
Despues de aquel momento supremo siguó una lucha cuerpo a cuerpo. De entre todos, un soldado francés logró llegar hasta la tronera del cañon y apoyandose sobre la boca de este hizo un movimiento para herir al artillero y vencer el obstaculo que se oponía á su entrada. Aquello fué tan rápido como indescriptible. El arma del agresor estaba descargada como lo estaban todas las de los que defendian el punto, pues habia sido tal la rapidez y vigor del empujo que no dió tiempo á cargar de nuevo las armas. El artillero fué sorprendido en el momento en que al ser retirada la pieza iba a ponerle en la boca una bala.
Detras del invasor venian otros que salvaban el foso. Toda aquella escena hubiera podido contemplarse á la luz fugaz de un relámpago. El artillero se sirvio de la bala que tenia entre las manos como de una arma ofensiva, porque no tenia otra; y arriesgando el todo por el todo, sin perder para nada su sangre fria, rápido como el pensamiento, sin cuidarse del riesgo que corria su vida amenazada por la bayoneta enemiga, lanzo la bala contra su enemigo, asestándole el colpe á la cabeza. Un error levísimo en la direccion del proyectil y caia atravesado por la bayoneta francesa, y sobre su cadáver pasaba el invasor…
La respiración se suspendio en todos los pechos!
Pero la bala derribo al francés, en el momento mismo en que saltaba adentro! Cayó herido en la cabeza y aquella fué la señal de un nuevo empuje contra los asaltantes, que al fin huyeron.
El mismo artillero que con la mayor sencillez acababa de ejecutar aquella accion heroica, pasado el peligro y no viendo en el herido mas que un hermano, salvó el parapeto, y condujo en sus propios brazos á un lugar seguro al francés vencido.
Deseariamos conocer el nombre de uno y otro para consignarlos en estas páginas.
IV.
Como la escena que acabamos de referir hubo muchas otras. Los oficiales mexicanos se apeaban de sus caballos y conducian en ellos á los heridos franceses.
Un testigo presencial refiere los siguientes hechos:
“En la acción de 5 de Mayo en Puebla, se encontraron un soldado del batallon de Zacapoaxtla y un cazador de Vicennes á diez pasos de distancia, y se hicieron fuego al mismo tiempo: acerto el mexicano, que al ver caer al frances se le acercó, le recogió el fusil y cargándose al herido á la espalda, lo condujo hasta el primer hospital que encontró.
Un oficial mexicano hirió á un cazador de Africa que le apuntaba con su fusil: se bajó del caballo que montaba, colocó en él al herido, y á pié, tirando de la brida, lo llevó al primer hospital.
Otro oficial mexicano encontró á varios soldados que conducian prisioneros y despojados de sus condecoraciones á unos franceses: viendolo uno de estos, se le arrodilló pidiendole lo mandara fusilar ó que le volvieran sus cruces, y el oficial comprendiendo que para un valiente es mas sensible perder el honor que la vida, mandó á los mexicanos que devolvieran lo quitado, mediante una recompensa pecuniaria que en el acto les dió de su propio bolsillo; pero un soldado mexicano rehusó tomarla, y encarándose al que reclamaba las condecoraciones que él tenia en las manos, le dijo: “Lo que se gana con honor, solo por el honor se da; recibid vuestras cruces como un presente de la hidalguía mexicana.”
Un zuavo que habia herido á dos mexicanos, fué rodeado por varios de éstos, que le intimaron rendicion, á lo que el zuavo se negó obstinadamente, manifestando que primero se dejaria matar que rendirse, si nlo le presentaban la bandera mexicana. Por un sentimiento unánime de sus aprehensores, consistieron en darle gusto, y trajeron la del batallon de Zacapoaxtla, y al verla el francés se cubrió con ella, declarándose prisionero y bajo la protección de México. Inútil es decir, que este valiente fué dignamente respetado.
José María Lopez, regresando con su carro de conducir parque á nuestros puntos, recogió en el a tres mexicanos y tres franceses heridos, y se dirigía á Puebla, cuando encontró una partida de caballería mexicana, y temiendo que acabaran de matar á los franceses, les aseguró que todos eran mexicanos; siguieron éstos su camino, y á poco fué alcanzado por una fuerza francesa, á quien por igual temor aseguró que todos los heridos que llevaba eran franceses; pero estos no se dieron satisfechos, sino que registraron el carro que, con los heridos se llevaron á su campo, donde descubierta la piadosa superchería de Lopez fué obsequiado y socorrido con un peso diario por cuatro dias.”
Por último, lo que á todos consta, el buen trato y la escelente asistencia que han recibido los heridos y prisioneros franceses, son pruebas innegables de los humanos y caballerosos sentimientos de los mexicanos.
Se les obliga defenderse, porque son agredidos de una manera injustificable; pero cuando han cumplido con su deber, combatiendo por el honor é independencia de su patria, tanto como son valientes en al hora del combate son humanos en la victoria.
Esta conducta honra altamente á México. Lo que ha pasado es la mejor refutación de cuantas calumnias se han vertido contra nosotros por motivar la querra que se nos trae.

¿Estoy yo acaso en un lecho de rosas?

Cuauhtemoc

La codicia extrema por el oro que los españoles conquistadores no podían contener, los llevo a cometer muchas atrocidades. El tormento aplicado al último gran tlatoani mexica Cuauhtémoc y al señor de Tlacopan Tetlepanquetzaltzin, fue una de tantas.

En la Historia Verdadera de la Conquista de la Nueva España, Bernal Díaz del Castillo, explica como para los conquistadores el oro que ya habían obtenido no era suficiente, así  que el tesorero y los oficiales de la Real Hacienda decidieron, para saber donde estaban los míticos tesoros, aplicar un terrible tormento a los señores mexicas con la aprobación de Hernán Cortés.
Para llevar a cabo su indigna tarea, los pies de los grandes señores, fueron mojados con aceite e inhumanamente encendidos. Es en este pasaje de la historia de nuestra nación que surge la leyenda.
Según Francisco López de Gómara, historiador español, el último gran tlatoani confesó haber echado a la laguna el tesoro y algunas armas tomadas a los soldados europeos.
Pero relatos posteriores señalan que durante el climax del tormento, hubo un momento en que el señor de Tlacopan pidió permiso a Cuauhtémoc para hablar y confesar, a lo que él exclamó con desdén: “¿que sí el mismo estaba en un deleite o baño?” (Bernal Díaz del Castillo).
Aunque la verdad parece ser otra muy diferente. En 1870, el dramaturgo y novelista mexicano, Eligio Jesús Ancona, en su novela histórica “Los mártires del Anáhuac”, decidió modificar la frase original para cargarla con un toque de romanticismo y estoicismo dignos de un guerrero Azteca. Esta ocurrencia dio paso a la célebre frase atribuida, de manera incorrecta, al gran señor mexica Cuauhtémoc “¿Acaso estoy yo en un lecho de rosas?”.